viernes, 12 de septiembre de 2008

Himno a "South America", de Sixto Pondal Ríos


¡Oh, continente sudamericano!
Continente aromático,
oloroso a café, a cacao y a yerba mate.
En tu triángulo inmenso nada falta:
selvas sofocantes donde los árboles inmóviles
chorrean sombras verdes y serpientes húmedas;
desiertos sobre los que el sol calcina blancas calaveras;
nidos de hornero y viviendas humanas hechas con barro y con paja
y modernas ciudades en cuyas terrazas
bailan los millonarios a la luz de la luna.

Oh, continente nuestro,
cálido y perfumado,
donde hay grandes palmeras en los jardines de las casas de gobierno
y ordenanzas negros en los pasillos de las cámaras.
Contiente de los Shorthorn campeones
y de los niños con raquitismo,
donde los representantes de las empresas extranjeras
usan mentalmente cascos de corcho,
como en el África.

En tu triángulo inmenso nada falta;
estancias con piletas de natación
y provincias con pantanos llenos de mosquitos del paludismo:
También hay funcionarios que piensan en divisas
y dictadores mestizos que llevan el pecho constelado de medallas de lata.
Oh, continente penumbroso y tibio,
patria adoptiva de la silla hamaca y de la siesta,
donde el frecuente tiroteo de las revoluciones sobresalta a los pájaros
y da lugar a nuevos aumentos de la deuda externa.

Nada más justo que la tristeza de los cantos
que a veces ruedan por tus caminos polvorientos.
Folklore de andrajos, de suciedad y de pobreza
que es mostrado con gran satisfacción a los turistas,
acostumbrados a paladear el sabor local como si fuera un refesco.

No hablemos de tus guerras, porque ellas se hacen
por cuenta de las naciones más civilizadas.
Hablemos de los indios, que venden cacharros en las estaciones
mientras son fotografiados desde lujosos coches pullman.
Hablemos de los peones descalzos
y de los presidentes hechos a dedo que pronuncian vibrantes discursos en favor de la democracia
mientras hay periodistas presos en las comisarías con cortinas de paja,
en cuyo patio el comisario toma mate y se hace leer el diario por el sargento.

Pero no importa: el porvenir es tuyo.
Cercan tus horizontes riquezas prodigiosas:
metales tan abundantes que su brillo
debe ser visto por los pájaros, desde arriba;
inmensos plantíos donde el viento se revuelca como un potro
y maestros mestizos en escuelas de adobe
enseñando palabras
que luego repiten los labios gruesos de los negros
y las bocas sin dientes de los indios.
No en vano sale el sol cada mañana.

Tierra pintoresca y querida, a la que amamos a pesar de todo
como a un pariente ridículo.
Siempre habrá papagayos en tus bosques sonoros
y grandes hojas acuáticas flotando en los estanques;
pero algún día, tus aguas
reflejarán, al pasar, una vida más noble
erguida en sus orillas.

Los países se parecen a sus banderas.
Te cubren intensos rojos, verdes y amarillos
de tórridos paisajes tropicales,
repetidos en cálidas enseñas.
Y más al sud, celeste,
celeste y blanca, ya con los australes
témpanos en el centro de su insignia,
mi dulce patria, pálida.

Desde aquí,
bajo el brillo de las últimas estrellas,
en el umbral de mi provincia,
donde empieza
la selva,
la nodriza mestiza,
la siesta,
el tum tum de tus bombos
y la gente color tierra,
te dedico este canto de esperanza,
mundo nuevo y tan viejo, tumba y cuna,
patria grande, patria de mi patria,
Sud América.

De: Sixto Pondal Ríos (1907-1968); Los Rostros transparentes, Buenos Aires, Ediciones Dintel, 1959, p.39-41.

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