jueves, 25 de septiembre de 2008

Dolor de mi tierra, de Adolfo David Goitía

Sulfúricos miasmas
corroen estas tierras
los pájaros
los campos
también la primavera;
primavera amable
que corre por el suelo
y sorda escucha
como canta y pena.

Tucu tucus luminosos
como estrellas caídas
entre azahares
y alfalfas
siempre llenas de vida,
son la única lumbre
la única centella
junto a la luna
que iluminan esta tierra.

La muerte impúdica
camina por los cerros
los ranchos
los canales
también los ingenios;
¡Milagros, Milagrito!
de rostro famélico
de pies descalzos
y hondo desconsuelo.

Oxímoron,
metáforas
y algunas metonimias,
por estos lugares
no todo es poesía....
***
De su poemario Mirada de Barro, Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2005.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Rapsodia del quebracho volteado, de Ricardo Rojas

A la orilla del camino
levantándose corpulento,
el tronco alto, duro,
de follaje fresco.

—¡Lindo quebracho!
Decían al verlo,
descansando a su sombra
los que iban al pueblo.

No pudieron voltearlo
ni el sacudón del furibundo viento
ni aquel inicuo rayo
que le partió una vez el pecho.

Pero un día llegaron al pago
unos forasteros
que con aviesas máquinas
al quebracho vencieron.

Por el pie lo aserraron
en inverso degüello,
y pareció venirse abajo
una columna del tiempo.

Los pájaros volaron
espantados al cielo...
y los criollos sollozaban
como ante un abuelo muerto.

En el rugoso tronco le encontraron
suave, una flor del aire, y en el hueco
que le abriera aquel rayo,
un gran panal de miel, dulce y secreto.

¡Lindo quebracho! Semejaba
carne de toro el pecho,
y había miel y flores en su entraña
como en el corazón de un hombre bueno.

¡Oh, lección misteriosa,
la de este cuento,
la aprendí en mi terruño,
libro de Dios, abierto.

De Ricardo Rojas (1882-1957), La Victoria del hombre y otros cantos, Buenos Aires, Editorial Losada, 1951, p. 368-369.

Himno a "South America", de Sixto Pondal Ríos


¡Oh, continente sudamericano!
Continente aromático,
oloroso a café, a cacao y a yerba mate.
En tu triángulo inmenso nada falta:
selvas sofocantes donde los árboles inmóviles
chorrean sombras verdes y serpientes húmedas;
desiertos sobre los que el sol calcina blancas calaveras;
nidos de hornero y viviendas humanas hechas con barro y con paja
y modernas ciudades en cuyas terrazas
bailan los millonarios a la luz de la luna.

Oh, continente nuestro,
cálido y perfumado,
donde hay grandes palmeras en los jardines de las casas de gobierno
y ordenanzas negros en los pasillos de las cámaras.
Contiente de los Shorthorn campeones
y de los niños con raquitismo,
donde los representantes de las empresas extranjeras
usan mentalmente cascos de corcho,
como en el África.

En tu triángulo inmenso nada falta;
estancias con piletas de natación
y provincias con pantanos llenos de mosquitos del paludismo:
También hay funcionarios que piensan en divisas
y dictadores mestizos que llevan el pecho constelado de medallas de lata.
Oh, continente penumbroso y tibio,
patria adoptiva de la silla hamaca y de la siesta,
donde el frecuente tiroteo de las revoluciones sobresalta a los pájaros
y da lugar a nuevos aumentos de la deuda externa.

Nada más justo que la tristeza de los cantos
que a veces ruedan por tus caminos polvorientos.
Folklore de andrajos, de suciedad y de pobreza
que es mostrado con gran satisfacción a los turistas,
acostumbrados a paladear el sabor local como si fuera un refesco.

No hablemos de tus guerras, porque ellas se hacen
por cuenta de las naciones más civilizadas.
Hablemos de los indios, que venden cacharros en las estaciones
mientras son fotografiados desde lujosos coches pullman.
Hablemos de los peones descalzos
y de los presidentes hechos a dedo que pronuncian vibrantes discursos en favor de la democracia
mientras hay periodistas presos en las comisarías con cortinas de paja,
en cuyo patio el comisario toma mate y se hace leer el diario por el sargento.

Pero no importa: el porvenir es tuyo.
Cercan tus horizontes riquezas prodigiosas:
metales tan abundantes que su brillo
debe ser visto por los pájaros, desde arriba;
inmensos plantíos donde el viento se revuelca como un potro
y maestros mestizos en escuelas de adobe
enseñando palabras
que luego repiten los labios gruesos de los negros
y las bocas sin dientes de los indios.
No en vano sale el sol cada mañana.

Tierra pintoresca y querida, a la que amamos a pesar de todo
como a un pariente ridículo.
Siempre habrá papagayos en tus bosques sonoros
y grandes hojas acuáticas flotando en los estanques;
pero algún día, tus aguas
reflejarán, al pasar, una vida más noble
erguida en sus orillas.

Los países se parecen a sus banderas.
Te cubren intensos rojos, verdes y amarillos
de tórridos paisajes tropicales,
repetidos en cálidas enseñas.
Y más al sud, celeste,
celeste y blanca, ya con los australes
témpanos en el centro de su insignia,
mi dulce patria, pálida.

Desde aquí,
bajo el brillo de las últimas estrellas,
en el umbral de mi provincia,
donde empieza
la selva,
la nodriza mestiza,
la siesta,
el tum tum de tus bombos
y la gente color tierra,
te dedico este canto de esperanza,
mundo nuevo y tan viejo, tumba y cuna,
patria grande, patria de mi patria,
Sud América.

De: Sixto Pondal Ríos (1907-1968); Los Rostros transparentes, Buenos Aires, Ediciones Dintel, 1959, p.39-41.

jueves, 4 de septiembre de 2008

El camino a la poesía, de Rogelio Ramos Signes


El camino a la poesía
De estas piedras que ves
está hecho el camino a la poesía.
Con las grises, contundentes y filosas,
podrás preñar metafóricamente la tierra.
Con las negras escribirás acerca de tus deudos.
Las marrones absorberán el llanto de la letra
sin que logres entender por qué habías llorado.
Las brillantes de mica sólo enrojecerán tus manos.
Con las blancas, muy pequeñas,
es que irás poniéndole el acento a tus palabras.

*
Tomado de la revista “Barataria”, Buenos Aires, 1998.

Mejor blog de Poesía 2008

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